Destierro

05/02/2010 at 12:50 Deja un comentario

Como castigo por haber instigado varias guerras en Europa, el ex-Emperador de Francia es encarcelado de por vida en una remota isla situada en pleno océano Atlántico.

El islote está situado a unos 6.500 Km. de Inglaterra, 2.900 Km. de Sudamérica, 2.800 Km. de El Cabo y 1.800 Km. de la costa occidental africana. Fue descubierto por los portugueses en 1502, pero los holandeses la colonizarían de forma permanente desde el 1645. La East India Company británica les compró la isla, y la emplea para reabastecer a los buques mercantes que navegan entre la India e Inglaterra.

El 17 de octubre de 1815 Napoleón llega a la isla abordo del barco “Northumberland”, tras un largo y tedioso viaje de unos tres meses, acompañado en su exilio por el mariscal Bertrand y los generales Goucourt y Montholon, doce criados, el Conde de Las Cases, que es un admirador, y el cirujano irlandés Barry O’Meara, que se marchará en 1818.

Cuando se rindió a los británicos, Napoleón esperaba que lo tratasen con generosidad, mas para ellos esta se circunscribe al hecho de perdonarle la vida y no recluirlo en una mazmorra. Pero Santa Helena tiene sólo unos 142 km2 de superficie, está casi deshabitada y las únicas edificaciones son el fuerte y las viviendas del asentamiento de Jamestown. El desolado paisaje de clima tropical del islote se completa con algunas plantaciones.

Napoleón pasa el resto de sus días prisionero en un ambiente de aburrimiento atroz, sin nada que hacer aparte de pasear por las playas mirando al mar, charlar melancólicamente del pasado o jugar a las cartas, mientras su salud se debilita progresivamente. No se le permite tener contacto con su familia, ni con su esposa María de Austria o su hijo.

El gobierno francés considera peligrosa al resto de su familia, y el 12 de enero de 1816 se aprueba una ley por la cual todos sus parientes deben abandonar Francia, aunque al contrario que el depuesto emperador, los desterrados podrán elegir su destino.

Las condiciones de confinamiento en Santa Helena son muy duras para Napoleón, acostumbrado a una vida suntuosa y llena de placeres. Ahora residirá en una sencilla casa ajardinada de estilo colonial, perteneciente a la humilde familia Balcombe.

El Conde de las Cases conversa a diario con Bonaparte, que le cuenta toda su vida: desde las batallas que libró, pasando por sus actuaciones políticas o los personajes que conoció, hasta sus escarceos amorosos. Al final de cada jornada, Las Cases se retira a su pobre morada y a la luz de un quinqué pone por escrito todo lo que Napoleón le cuenta.

Les Cases redacta así el célebre “Memorial de Santa Helena”, auténtica autobiografía de Napoleón, diciendo de sus campañas: “ – El vulgo no ha dejado de atribuir estas guerras a mi ambición; pero ¿estaba en mi mano evitarlas…?, ¿No fueron siempre efecto de la naturaleza y el imperio de las circunstancias… siendo constantemente una lucha contra aquella perenne coalición de nuestros enemigos que nos ponían en la situación de destruir o ser destruidos?”

Bonaparte pasa sus días leyendo libros como “Medea”, “La Iliada”,“Las Revoluciones Romanas”,“Don Quijote de la Mancha”,“La Nueva Eloísa”,“La Jerusalén libertada”, “Gil Blas de Santillana”; “Las bodas de Fígaro”; aparte de  obras de Stael, Sevigné, Racines, Corneille, Fenelón…  Otros de sus entretenimientos consiste en resolver problemas de álgebra y geometría. En unos meses aprende inglés, para entenderse con sus captores.

Sir Hudson Lowe, gobernador británico de la isla, y de hecho el carcelero de Napoleón, le hace la existencia lo más difícil que puede, pues le aborrece.

En gesto común de desprecio le trata siempre de “general”, mientras todos los criados y acompañantes le llaman “Emperador”. Censura toda la correspondencia y noticias que le llegan del continente europeo, dándole las que resultan ignominiosas mientras le roba las cartas elogiosas, para minar su moral.

Lowe somete al prisionero a una estricta vigilancia, pues teme que pueda escapar como lo hiciera de Santa Elba. Ordena que siempre esté en la línea visual de uno de los 125 soldados británicos de la guarnición, siguiéndole en sus paseos a pie o a caballo. Bonaparte sale poco al exterior para evitar su acoso, pero los guardias incluso le escrutan desde fuera de las ventanas. A veces el prisionero se aleja de ellas, jugando a despistar a sus guardianes.

La perfidia de Lowe respecto a Bonaparte aumenta. Para evitar sus tretas, le traslada a otro domicilio más pequeño, donde no pueda esconderse, pero en el que hay ratas. Le restringirá el agua para que no pueda lavar su ropa con asiduidad, y poco a poco irá privándole de alimentos: primero el azúcar, luego el café, después el pan, más tarde la leche… Los únicos lujos que le acaban quedando a Bonaparte son una cajita de rapé y otra de tabletas de regaliz.

Napoleón se ve obligado a vender su vajilla de plata para poder comprase mejor comida o encargar vino de Sudáfrica, aunque en un gesto de orgullo le borra sus iniciales imperiales, mas sólo por tenerlas le hubieran pagado mucho más, pues en toda Europa los nostálgicos comienzan a pagar fuertes sumas por recuerdos del Emperador: en la isla algunos oficiales británicos le ofrecen hasta 100 guineas por algunas piezas.

Lowe acaba despidiendo a casi todos los criados de Bonaparte para sustituirlos por otros que en realidad son espías. El Conde de las Cases será expulsado de la isla en diciembre de 1816, el prisionero consigue hacerle llegar una carta donde le ruega que se interese por su familia y que se ufane de su sincera amistad con él.

Los desprecios, maltratos y privaciones por parte del gobernador acaban haciendo mella en la salud de Napoleón, que llega a decirle a la cara: “- El peor proceder de los ministros ingleses no ha sido el enviarnos aquí, sino encargar a usted del mando de la isla… Usted es para nosotros un azote mil veces más intolerable que las miserias de este espantoso lugar.”

Su ánimo decae con rapidez y se vuelve apático, taciturno, triste y menos conversador; sus acompañantes sienten lástima por él; ya desde el primer año se quejaba de frecuentes dolores de estómago y cabeza mientras progresivamente ganaba peso. Su deterioro físico se acentúa tras dar su último paseo en octubre de 1820, cayendo después gravemente enfermo.

En abril del año de 1821 Bonaparte dicta desde su cama un testamento de 40 páginas, beneficiando en particular a Montholon, al que lega una fortuna de dos millones de francos; se rumorea que el Emperador mantuvo relaciones con su esposa, consentidas por su general.

Tomado de: http://remilitari.com/cronolog/napoleon/viena.htm

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Maria Luisa Congreso de Viena

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